Vuelta a Madrid

Siempre digo que en Madrid nos engañan.  Nos engañan con los precios de las cañas, las cenas, los parking, el cine…con todo. Llevo aquí sólo dos días, y ya tengo dos ejemplos.  El primer día,  pagué  ocho euros por un tercio de mahou y un tinto de verano. Sí en una terraza muy mona, con aspersores, sillones hechos con palés y hasta una zona con arena de playa. Todo muy mono, pero ocho euros.
Y ayer, después de mi vuelta al trabajo,  caí en un sitio de mi barrio,  muy bonito también, donde el camarero nos cuenta que hacen cerveza artesanal. La más barata, tres euros el botellin. Vale, es cerveza artesana… Y para comer, casualmente,  comida vietnamita: rollitos, noodles… Que casualidad! le comento al camarero, que acabo de llegar de viaje por Vietnam. Me dice: ” fenomenal! así me dices que te parece” . De las dos cosas que pedimos, no había ni rastro de comida vietnamita, ni de comida casi, de lo escaso que era. Por supuesto,  el camarero ni se atrevió a preguntarme que me había parecido…
Por lo que pagamos, en Vietnam hubieran comido y bebido unas seis personas, comida de verdad.

Nos engañan. Porque,  los precios no son comparables a Vietnam,  vale. Pero que me digan que eso son rollitos vietnamitas. Va a ser que no. Unos cuantos he comido estos días.

Vietnam me ha parecido un país fascinante, de norte a sur. Sus millones se habitantes, conviven en medio de ese caos dentro del orden. Entre montones de motos y claxon, sin que haya un accidente o mal entendido en las calles. Lo curioso es que apenas hay policía.  Pero es que,  no hace falta. No hay enfrentamientos, ni sensación de inseguridad. Ni aún llendo en dirección contraria con la moto o caminando sola por la calle. La calle es un sitio seguro,  porque los vietnamitas viven en la calle. Las puertas de las casas, estan abiertas de par en par. Los niños juegan tranquilos. Se come y se bebe en la calle. Se trabaja en la calle. Y todo el mundo respeta a su vecino, y a su  negocio. Porque la gran mayoría vive de un pequeño negocio: fruta, comida, bebida, ropa…todo lo que se pueda necesitar.

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Y como hacen todo en la calle, no puede faltar su momento siesta. Que no es patrimonio español. Es una muy buena costumbre,  que los vietnamitas practican a diario, allí donde pueden, sin que esté mal visto.

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Otra costumbre, es hacer ejercicio por las mañanas. Los parques están llenos  a las cinco de la mañana, con gente practicando tai chi. Pero si pasas por sus calles, verás gente en la puerta de su casa, haciendo una especie de estiramientos, en pijama, sin preocuparse por el que diran. Se dedican ha hacer ejercicio, antes de que empiece el jaleo de las calles.

Creo, que el haberme sentido como en casa durante este viaje, es por esta manera de vivir,  con las puertas de las casas abiertas.
Son amables y siempre tienen una sonrisa. Se les ve felices, aunque tengan muy poco. El que los negocios sean familiares y se viva todo con naturalidad, hacen más fácil estar en un país de cultura tan diferente.

Otro de los motivos de sentirme como en casa, es haber tenido la suerte de conocer el país, de la mano de mi guía,  Francisco.
Recuerdo el día que recibí su email. Una mañana justo antes de empezar con los quirofanos. No se me va a olvidar, por lo contenta que me puse. Lo leí,  y me dio tanta confianza y tan buen rollo todo lo que me contaba, que me decidí enseguida. A partir de ahí,  todos los preparativos fueron sencillos. Y el viaje, a superado por mucho, todas mis expectativas.
He sido muy afortunada,  no sólo porque me colaran en primera clase…si no porque conocer un país,  como yo lo he hecho, es una suerte.
Francis, me ha enseñado el país desde dentro.  Sus costumbres,  su comida, sus creencias. Me ha llevado a sitios que a penas gente conoce. Me ha contado un montón de chascarrillos, como él me decía.  Y gracias a él,  he tenido contacto con los vietnamitas de tú a tú. Así, es difícil no sentirse como en casa.

Espero volver algún día. Mientras, toca invitar a los amigos a pollo al curry al estilo vietnamita, pero de verdad.
Y si alguien quiere conocer este país, os dejo la dirección del mejor guía:
http://www.vietviajes.com

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De compras con Yin

Cuando Francis me dijo, que su amiga vietnamita Yin, se había ofrecido a llevarme de compras por Hoi an, me pareció una idea estupenda. Además de un detallazo, por dedicarme su tiempo.
Quien mejor que una vietnamita, para ayudarme a regatear y descubrirme sus tiendas. Tiendas, donde los turistas no llegamos y donde ella compra todos los días. Un verdadero lujo.

Quedamos a las dos de la tarde. Hace un calor y un bochorno,  horribles.  La primera aventura,  ir en moto con ella por las calles de Hoi an. Esto significa, ir por sentido contrario, no esperar semáforos y parar en cualquier sitio si suena el móvil.

Lo primero que me compro, es la mascarilla de tela, para mimetizarme totalmente con el ambiente.

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Le doy una lista con todo lo que quiero comprar. Y diría,  que de veinte cosas que había,  como mucho compramos dos, en un par de tiendas.  El resto, me llevó a un sitio diferente, expresamente para cada cosa. Una locura!
En Hoi an, no hay supermercados. Hay muchas tiendas y “galerías comerciales” o pequeños mercados, donde poder encontrar de todo. En cada puesto, montones y montones de cosas diferentes.

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Y entre tanta variedad, las vietnamitas saben exactamente,  donde tienen cada cosa que les pidas. Es increíble.  Porque de verdad,  que hay miles de productos.  Y claro como son tan pequeñas, si hace falta trepan por las estanterías.

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En los primeros puestos,  vamos muy rápido.  Apenas me entero del regateo, sólo sé que voy llenando bolsas.
Compro todo lo necesario para hacer el pollo al curry del curso, incluidos los utensilios de cocina. Voy como una niña pequeña, feliz!

Yin me propone tomar algo fresquito. Digo que si, claro, estoy sudando como un pollo.
Cuando me quiero dar cuenta,  estoy sentada delante de montones de cacerolas con cosas flotando,una señora va llenando vasos y bolsas rapidísimo,  y tenemos niños a nuestro lado. Yin sonríe. ¿ De que lo quieres?, me dice ¿está muy rico y es fresquito?….uummmmm….pero, si no sé que hay en cada cazuela!!….uuummmm… Bueno, pues,un poco de todo. Yin me cuenta, que lo tomaban cuando eran pequeños,  con cara de felicidad. Ni me molesto en intentar aprenderme el nombre vietnamita.

A mi me recuerda, a las patatas fritas con caldo de berenjena,  por aquello del mejungue. Pero no por nada más. Nada que ver. La verdad,  es que está rico y fresquito.  El aspecto es gelatinoso, porque lleva maiz. Salvando eso y que no miro donde lava, los vasos la señora, me lo tomo encantada.

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Seguimos con el tour. En algunas tiendas,  entro yo primero y la cara de los vietnamitas lo dice todo. ¿ que hace una occidental aquí?  ¿ y como ha llegado? Al entrar Yin, sonrien y nos atienden encantados.
Tiendas y tiendas de tela, mi madre fliparía, y más con la velocidad a la que te hacen cualquier cosa.

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Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa.
Terminamos en una tienda de bolsos y zapatos.  Quiero un bolso. Elije modelo, tipo de piel y color, me dice la dueña.  Me gustan dos y me dice que me lo hace a medida. Perdona! Si si, con la piel que elijo, el tamaño y la forma…y me lo traen al hotel, a tiempo antes de irme mañana…flipante.

En tres horas todo comprado. Yo feliz, con mis bolsas llenas de recuerdos y regalos. Y sobre todo, por pasar una tarde tan divertida con Yin, sintiéndome un poco “vietnamita”.

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Hoi an

Día de playa. Cinco minutos en moto,entre arrozales, de intenso verde y a las nueve, estoy en la playa. La arena quema y el agua está estupenda.
Me quedo en un chiringuito que se llama “La Plage”. Es uno de los más bonitos y acogedor de la playa de Hoi an.
Playa de arena fina y color tostado, con kilómetros y kilómetros sin interrupciones hasta Dnang.

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Son las once y las tumbonas se van llenando, sólo de occidentales. Para un vietnamita, tomar el sol y más en la playa, es una locura. Como para nosotros,llevar a los niños en la moto de dos en dos . Pues más o menos. Si en la ciudad, van tapadas hasta las cejas, para que el sol no toque ni un centímetro de su piel, ponerse en bikini vuelta y vuelta, sería una locura.

Ayer pasé la mañana en moto, visitando las montañas de Marmol y Dnang.
En la primera parada, vi la gruta más increíble y grande de mi vida. Entre rocas se accedía a una cueva inmensa y maravillosa, donde viven los monjes budistas. Entre altares a buda y lady buda.
Por toda la montaña,  vistas impresionantes y distintos templos. La sensación es de que estás, en un capítulo de bola de dragón o en una peli de samurais.

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A unos diecisiete kilómetros, está Dnag. Una gran ciudad,  por la que continúa la playa de Hoi an y donde están los grandes complejos hoteleros y el casino. Casino solo para occidentales, en Vietnam, el juego está prohibido.

Francis me lleva hasta un sitio muy especial.  Una pequeña capilla en la que estan las tumbas de los primeros españoles llegados a Vietnam, en la guerra de la Cochinchina. Un trocito de nuestra historia. Una pena que esté abandonado.

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Después subimos por la península Hong Sa. El día está nublado y no se pueden ver las impresionantes vistas. Una pena, pero el paisaje merece la pena. Verde, verde y mas verde. Huele genial.
Se agradece la vuelta en moto y el airecito.

Después de comer en la playa, curso de cocina en el 43. El 43 es el restaurante más famoso de Hoi an, por su relación calidad precio. Además tienen cerveza “pression”, a doce céntimos la jarra y está enfrente del hotel. No se puede pedir más

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Los cursos de cocina, son muy típicos aquí.  Casi todos los restaurantes lo ofrecen . Eliges un par de platos de la carta, te enseñan a cocinarlos y luego te los comes, planazo!!

Cuando llego todos los ingredientes preparados, papel, lápiz y una cocina, yuhuuuu! Tengo donde cocinar!! Hago pollo al curry y ensalada de papaya verde !buenísimos!  Se cocina también con palillos, como de metal. Muchas verduras y frutas tropicales. Cosas que en Madrid quizás no encuentre, pero se intentará.

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Disfruto muchísimo. Se me pasa volando. Me encanta cocinar, en la misma cocina del restaurante. Y la verdad, es que el resultado es bastante bueno.

Después, masaje. Desde Camboya no había vuelto a darme uno…tocaba.

El bochorno sigue siendo impresionante, a pesar de que ha llovido un poco. Me cambio y me voy al centro.

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Hoi an, tal y como suena, es una joya. Un pequeño pueblo, patrimonio de la humanidad, donde pasear por sus calles es estar en una peli de samurais. Por la noche,  se llena de farolillos que iluminan sus calles y le dan un toque super especial.

Hay muchísimo ambiente por la calle. Los chiringuitos de comida en cada esquina, los puestos de bollos, de helados…las mujeres vendiendo pequeñas lamparitas de cartón, para dejar sobre el río. Gente y más gente. Barquitos para tomar algo y barquitas para dar un paseo.

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Y los montones de tiendas de ropa a medida. Porque si por algo es famoso, es por la ropa a medida. En un día tienes lo que quieras. Pero si tienes tiempo,  mejor dejar un par de dias. A mi me parece una locura que me encanta, claro.

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Sin duda,  tiene un encanto especial.  Diría, que es la mas bonita de todas. Además,  es donde vive Francis, que me ha organizado todo el viaje. Más cuidada imposible.De nuevo, me siento como en casa.

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Como en casa

Sentirse como en casa, a más de doce mil kilómetros, es difícil. Y más aún, si estas en medio de la selva, en un templo con mas de miles de años.
Pero sin darme cuenta, en el silencio y entre los muros de un patio, en el tercer nivel del templo Ankgor Wat, me sentí como en casa.

Después de horas de caminata, bajo el sol,a la sombra y en medio de uno de los patios, me senté y me dediqué  a respirar . Sólo respirar, como al prinicipio de mis clases de yoga. Recordando a mi profe, Eva, y sus clases. Gracias a las que he aprendido, a encontrado mi paz interior y esa sensación de estar en casa, en cualquier lado.

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El templo  Angkor Wat, es la mayor construcción religiosa que se conoce, y uno de los tesoros arqueológicos más importantes del mundo. Vamos, que la visita debería ser obligatoria, al igual que la visita al Prado, en todos los coles.

Es el ultimo templo que visitamos en el día. Mi guía ,”mosquito” (como le gusta que le llamen) que habla español, dice que es mejor visitarlo a ultima hora de la mañana, porque hay menos gente. Y tiene razón.

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A las 7,30 de la mañana, había comenzado mi visitia en tuc tc. La foto que me hacen, para el carnet de la entrada lo dice todo, estoy feliz!!
Cuarenta dolares el tour de dos días. Es algo caro, pero merece mucho la pena.

Bayon,el templo de las mil caras, el templo de los arboles…son todos lugares mágicos. En ellos, no tengo la sensación de estar en un lugar extraño o desconocido. Mosquito me cuenta mil historias. Se conoce los templos y la historia del Imperio Khmer, a la perfección. Voy con la boca abierta todo el camino. Hay mucha gente y muchísimo ambiente en la entrada de cada templo. Montones de chringuitos,con ropa, souvenirs, bebidas y zumos de frutas naturales. Como no, me la juego y me tomo uno. Los tuc tuc, le dan un toque aun más especial.

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Al día siguiente realizamos el recorrido largo. Templos más apartados, pero igual de interesantes. Hoy con el hermano de Mosquito, que también habla español. En el camino me cuenta la historia de la guerra civil camboyana, en la que masacraron a dos millones de camboyanos, hace apenas veinte años. Los pelos de punta.
El color de la piedras es diferente,mas rojizas. Entre los templos de hoy, está la primera universidad y el hospital. La historia del hospital y el porqué de su construcción, me gusta especialmente. El origen del símbolo de las farmacias, tal y como lo conocemos en la actualidad, está aquí. Increíble.

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Hace ya casi diez días que estuve allí, y me parece que ha pasado mucho más tiempo. El viaje está siendo muy intenso y con mil experiencias. Pero desde luego que, las sensaciones de los templos de Angkor Wat, se quedan en mi corazón para mucho tiempo. Namaste.

Sin biodramina

Me mareo en los barcos.
Una amiga dice, que es porque no tengo el gen de la riqueza…
Hoy toca crucero por la Bahía de Halong, una de las siete maravillas naturales del mundo y patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Así que, sin el gen pero con biodramina, me monto en el bus que nos lleva desde Hanoi hasta el puerto.
Casi cuatro horas de ruta, para hacer 147 km:malas carreteras, tráfico caótico y velocidad máxima de setenta u ochenta kilómetros por hora. Aprovecho para dormir, estoy agotada. Llegué a Hanoi a las 4,30 de la mañana desde Sa Pa y sin dormir, salimos para Halong.

Sigo las recomendaciones de un amigo: estomago lleno y nada de líquidos dos horas antes de embarcar. Paso de la biodramina de momento, a ver que pasa.

Una barcaza nos lleva hasta el barco, Cristna Cruiser. Esta nuevo y es precioso. Todo de madera. Me emociono al ver el camarote y las vistas desde el balcón.

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Rápido nos llaman para comer. En la mesa: un italiano,  un newyorkino y un chino. Me salva que el italiano habla castellano. Cervecita, arroz, verduras…y no me mareo! Nada de nada! Genial !!

Sin siesta y con el bikini, vamos a ver una cueva espectacular, Sung Sot. Después, paramos en una pequeña cala. La arena es fina, de color oscuro y el agua está calentita. Está nublado, pero me quedaría toda la tarde en semejante paraje.

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Un par de baños y nos vamos a una isla flotante de pescadores, donde hacemos kayak. Impresionante remar entre las aguas tranquilas, rodeados de montones de islotes.
Mientras vamos terminando, llega a la isla una “barca supermercado”. Tiene absolutamente de todo lo que os podáis imaginar, y que puedan necesitar las dos familias de pescadores, que allí viven. Dos niños pequeños corretean a sus anchas. La cara de una de las mujeres del grupo lo dice todo:”¡ni mirar puedo! ¡Pero tan pequeño!  Se va a caer al agua!”. Me dice horrorizada, mientras la madre, totalmente despreocupada, hace la compra a la señora de la barca.

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De vuelta al barco, un vinito y fruta fresca. En la cubierta se está fenomenal. Montones de barcos con sus luces encendidas al anochecer , dejan una estampa de lo más romántica.

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Me voy a dormir pronto.  A las cinco comienza a amanecer y me pongo el despertador.  Cuando suena no sé ni donde estoy , es la primera vez que me pasa en todo el viaje…no está mal, después de 10 días durmiendo cada día en un sitio.
No soy la única que ha madrugado. Y desde luego que merece la pena el madrugón, y el espectáculo de ver despertar al sol entre los islotes.

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A las seis y media, clase de Tai Chi en la cubierta, para estirar antes del desayuno.

Última visita a una criadero de perlas. Luego cursito de cocina a bordo: Spring roll, los rollitos típicos vietnamitas con papel de arroz. Muy buenos!

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El cielo está despejado. Toca tomar el sol. Pero mejor sentada, que tumbada me pierdo el paisaje y no puedo dejar de hacer fotos y vídeos. Es un espectáculo constante de naturaleza en estado puro. Todo me parece precioso, se respira paz y tranquilidad. Además, la historia de la mitología vietnamita, sobre la bahía,  hace de la zona, un sitio aun más especial y mágico.

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A lo mejor un gran dragón descendente ( eso significa Ha Long en vietnamita), me ha cuidado para que no me maree. El caso es que la  biodramina se vuelve a Madrid intacta, y yo me voy con ganas de quedarme dos o tres días navegando entre los islotes.

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H’mong

Otra vez en el tren en posición horizontal de vuelta a Hanoi.
Esta vez en la litera de abajo. Hoy debería dormir como un bebe. Han sido dos días de treking agotadores, entre terrazas de arroz. Agotadores para mis gemelos, para mi una experiencia única.
Sa Pa es un pequeño pueblo de montaña, al que no llega el tren. Está a 1600m sobre el nivel del mar y a unos 17 km de la frontera con China .Entre sus montañas,verdes hasta la cima está el Fansipan, 3,143m. La más alta de Vietnam y conocida como el ” techo de Indochina”.

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Sus valles están llenos de terrazas de arroz. Es un paisaje único y espectacular.
En ellos viven diferentes grupos étnicos: la tribu Negra H’omog, Dzay y Red Dzao. La más numerosa, con casi veinte mil indígenas es la de los H’ mong.

Después de siete horas de tren,  llegamos a Lao Cai a las cinco y media de la mañana. Aún con bruma matutina, montones de mochileros llenan la estación de tren, en la que esperan otros tantos conductores, encargados de llevarnos hasta Sa Pa en furgoneta.

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Cuarenta y cinco minutos de curvas, terrazas de arroz y alguna que otra cabezada nos dejan en Sa Pa.
Nada más bajar una veintena de niñas y mujeres de indígenas nos reciben. Preguntan de donde somos y nos saludan en nuestra lengua.
Es curioso como se paran metros antes de la entrada del hotel.

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Al llegar nos organizan el desayuno, la hora de salida del treking y la ducha. La habitación no está lista, a penas son las siete. Pero el hotel tiene una zona con duchas y baños, donde los mochileros se preparan. Muy bien organizado.

El primer dia ocho kilómetros de treking hasta uno de los poblados de los H’mong. El guía nos cuenta que las niñas se casan muy jóvenes, con apenas catorce años,  y que tienen varios hijos.
Vemos como viven, su artesanía y comemos en una casa local.
Se agradece que esté nublado…muchas subidas y bajas entre terrazas de arroz.
Por la tarde tiempo para descansar y hacer compras.

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Al día siguiente, el treking es de 14 kilómetros. Después de dormir ocho horas en una cama enorme, se afrontan mucho mejor.
Hoy nuestro guía es indígena. Con él vienen una decena de mujeres de su poblado.  Nos acompañan durante el camino. Preguntan nuestros nombres y por nuestra familia. Siempre sonriendo.En el camino paramos en “zonas de descanso” hechas con tres troncos de bambú y una lona, vemos como disfrutan los pequeños con lo poco que tienen.

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El sol aprieta y llegando al poblado el río está lleno. Comemos en una casa local, y alli las mujeres nos venden su artesanía.  Todo hecho a mano con colores vivos muy bonitos…lo quiero todo!
Camino al coche de vuelta al pueblo, pasamos por el poblado Ta Phin de la tribu Red Dzao. Casas y costumbres muy parecidas, pero de estética diferente.

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Ya en la ciudad, llama la atención la cantidad de obras que hay . Mi guía me cuenta que en siete meses, ha habido un montón de cambios.  Las casas tradicionales se mezclan con las nuevas construcciones. Y aqui, trabajan todos.

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Me voy de Sa Pa con agujetas y muy buen sabor de boca. Paisaje increíble.  Naturaleza por todas partes.
Y sobre todo con la imagen de esas mujeres. Pequeñas muñecas que plagan la ciudad. Vestidas con sus trajes típicos, con sus cestos a la espalda y vendiendo su artesanía en cada rincón. Siempre con una sonrisa.

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Pho

Estoy en la estación de tren de Hanoi
Esperando la salida del tren a Sa Pa, rumbo a mi próxima aventura.
La estación de tren de Hanoi,es como estar en la estación de Torrejon hace 30 años.
Recuerdo jugar entre las vías, viendo los trenes. No hay ni escaleras mecánicas,  ni ascensores, ni maquinas expendedoras de tickets. Hay letrinas, ventiladores en el techo y amables chicos que te acompañan hasta tu camarote, caminando entre las vías de tren.

Porque es ahí donde voy a pasar la noche, en un compartimento de 2 literas.

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Después de Camboya, he pasado dos días en la capital de Vietnam, Ha noi.
Otro caos dentro del orden, donde se continúa la carrera de motos que empecé a ver en Ho Chi Minh.
Ha noi es diferente. Hay mas coches y muchisimo más bullizo. O esa es mi impresión.

Por la noche el centro de la ciudad se ambienta con los claxon de las motos y los coches pasando por cualquier lado. Hay que lanzarse a cruzar la calle. Creo que en todo Vietnam va a ser así.

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Hago dos tour diferentes. Uno en el que visito la maravillosa, Tam Coc, bañada por el rio río Ngo Dong y salpicada de formaciones rocosas de piedra caliza y cuevas.
Con un paseo en unos botes de remos muy curiosos. El stan dirigidos por autóctonos que reman con los pies! Increible pero cierto. Se sientan al final de una barca alargada y mientras sujetan un paraguas, utilizan sus pies para remar.

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El paisaje es increíble, casi 2 horas pasando por cuevas maravillosas. Continuamos con un paseo en bici entre los arrozales, que a todos nos encanta.

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Al día siguiente, visita a pagodas, templos, edificios gubernamentales y el maunsoleo de Ho Chi Minh completan la visita a la ciudad.

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Ayer tuve oportunidad, de ver un trocito del inmenso mercado nocturno. Mi guía,me cuenta que es comparable al de Bangok.  Pero hay que verlo. Porque hasta a mi que me gusta comprar, me agobia tanta oferta. Imaginaros una tienda de todo a cien, en cada puesto, durante kilometros y kilometros de calles…Mucho mejor una Hamoi beer bien fresquita.

También había oído hablar de que en Ha noi, todo el mundo come en el suelo de cada esquina, literalmente. Ya en Ho Chi Minh eso me había llamado la atención.  Pero hoy después de hacerme la manicura (por tercera vez esta semana…otra adicción) he podido ver los auténticos Pho. Sitios que preparan comida y te la sirven en medio de la calle.

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Aquí se vende todo y en cualquier lado. Cualquiera hace comida en una esquina, pone dos taburetes, una mesa y la vende. Y yo quiero probarlo todo.
Los dos primeros sitos que veo son de marisco y no me atrevo. No hay carta y hay que pedir grandes cantidades. Es lo malo de venir sola y no hablar bien inglés. Pero bueno,sigo buscando algo entre el señor asando carne en  la esquina de una calle y el restaurante de guiris con forma de barco.
Me queda una hora para que me vengan a buscar al Hotel.  Y me pongo nerviosilla. En la manzana siguiente encuentro un sitio.
Una gallina medio cocida preside el mostrador principal.  Pregunto y tienen carta ¡Genial!  Me siento sin pensarlo.
Saigon beer fresquita y un arroz frito con cerdo please!! Me encanta  el movimiento de los fogones.  Los chavales cortando los pájaros fritos hasta con el pico. Las motos sin dejar de tocar el claxon. Los vietnamitas que se van sentado en frente mia esperando para llevarse la comida.  Y el chico que canta,a lo “David Bustamante vietnamita, con su altavoz  en medio de la calle.

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Me encanta estar en un sitio tan diferente y sentirme tan agusto.
Feliz termino mi cena y me voy al hotel. Otra prueba superada. Y es que como dice mi guía, Francisco, de hambre no me voy a morir.

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Gambas de patas azules

“Mila, hemos comido pescados rarísimos y hay marisco de todos los colores. Incluso unas gambas con las patas azules”…me contaba un amigo hace unos ocho, después de un viaje a Vietnam.

Me encanta cocinar, disfruto comiendo y con todo el ritual de la comida;así que, siempre que viajo o pienso en donde ir, lo hago motivada por su gastronomía.
Uno de esos lugares es Vietnam, donde por fin estoy. En mi viaje, paso tres días en Camboya, parada obligada al estar en la zona, para visitar los templos de Angkor.
Después de una mañana mágica visitando templos, alquilo una bici en el hotel, de la pequeña ciudad de Siam Reap, para ir al centro y visitar el “Old Market”.

Cuando llego, comienzo a andar por estrechas calles llenas de puestos con innumerables pañuelos y fulares de todos los colores. Miles de pantalones con elefantes, bolsos, mochilas, figuritas de buda, anillos collares…de todo lo que podáis imaginar. Con encantadoras vendedoras que te ofrecen sus productos. Si preguntas hay que regatear, pero a diferencia de otros países no te agobian, si al final decides que no te gusta o el precio no te conviene, no te persiguen por todo el mercado. Por supuesto, me compro un par de pantalones, en un intento de regateo con mi pobre inglés.

Al girar, de repente me encuentro con lo que estaba buscando, los gambones con sus patas azules!. Allí estaba, el mercado de abastos. No me lo esperaba y me encantó. Una avalancha de colores en forma de verduras frescas y frutas tropicales. No dudo en entrar y comenzar a descubrir este rincón. Las mujeres dirigen el mercado, son ellas las que venden todo. Las que más llaman la atención son las pescaderas, subidas encima del mostrador en cuclillas limpiando el pescado. Pescado tan fresco que al echarlo a la báscula salta salpicándome el agua. Disfruto viendo como lo limpian y lo parten. En la zona de la carne, el olor es distinto, y el aspecto de la carne sin refrigerar, bastante menos apetecible. Después los puestos de pescado en salazón, las especies y al fondo los puestos de arreglos de ropa e incluso peluquerías.

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A estas alturas, ya me muero de ganas de comprar mil cosas y sobre todo de tener una cocina donde poder cocinar.
Me conformo con comprarme una fruta del dragón. Primer descubrimiento de mi viaje y que después de tres días aquí, ya soy adicta. Se trata de una fruta con forma de animalillo, de ahí su nombre, piel gruesa de color rosa fucsia y con el interior blanco con pintas negras: jugoso, dulce y carnoso…apetece verdad? Comprando una y pagando con moneda local, me quito el mono de mi vena cocinillas. Al día siguiente, en medio del camino de los templos estará riquísima.

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De repente me doy cuenta de que no se donde estoy, ni de que no presté atención a donde dejé la bici. El paisaje ha cambiado, comienza a hacerse de noche y las calles se ambientan.
Enseguida encuentro la bici. Decido dar un paseo por las calles adyacentes al mercado y la famosa “Pub Street”.

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Bien señalizada para los turistas, con montones de restaurantes, locales de masajes y bares de copas enormes con la música altísima. Todo esto junto con las cervezas a medio dolar, convierten a esta calle en el centro de la noche en Siam Reap.
Al final, me dejo engatusar por una de las chicas de un sitio de masajes, fácil 3$ por treinta minutos de masaje de pies…es una niña de diez años, la que maneja el dinero de la caja. Además de ayudar con el inglés.
Al terminar, voy en busca de un sitio de comida local. Y enseguida me topo con mis amigos de patas azules junto a una plancha. Me aseguro con el camarero, delante del bicho, de lo que quiero. Pido una cerveza fresquita y me dispongo a disfrutar, de una cena que llevaba años esperando.

gambón tigre patas azules

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Una carrera de motos

Así se puede definir esta ciudad,  como una gran carrera de motos.
Seis milones de motos en Saigon y cuarenta y cinco millones en todo el país, lo justifican.
Motos de todos los colores, tamaños, marcas desde la vespa mas moderna a la motoreta de hace 30 años…Con momentos álgidos a lo largo del día,en los que el asfalto es imposible de ver, cubierto por cientos y cientos de motos. Y momentos en los que las motos pasan a tu lado como un peatón más, sin que te des ni cuenta, salvo por el pitido que te previene de que están a tu lado.
Motos en las que todo vale: una persona, dos, dos y un niño,familias con dos niños…bebés en los brazos de sus madres…cajas y cajas ordenadas estrategicamente, sujetas por algo, no se sabe muy bien el que…paquetes tan grandes que casi tapan al conductor…la imaginación al poder para los occidentales y la necesidad para los vietnamitas. Curiosamente todos llevan casco (ninguno homologado)excepto los niños. Ellos van montados en una especie de taburetito con respaldo delante del conductor,  si son pequeños y detrás si ya son capaces de sujetarse solos. Pero sin casco, curioso.
Van por cualquier lado, en cualquier dirección,  despacio pero sin parar.Nunca paran.Hay que lanzarse a cruzar la calle…literalmente lanzarse, con paso firme y decisión,  sin correr pero sin pararse y sin dejar de mirar constantemente a los motos y coches que vienen hacia ti…porque tal cual, esa es la sensación.  Tu te lanzas a cruzar la calle, da igual lo ancha que sea, y las motos y los coches vienen hacia ti.
Los semáforos son mas o menos fiables, pero mi guía dice que nunca hay que perder de vista a ninguna moto, ya que no es seguro que vayan a parar; los pasos de peatones son mas bien decorativos, los vietnamitas no saben lo que significan esas rayas pintadas en el suelo, así que, es lo mismo cruzar por ellos que no.

Hoy he tenido miedo en un par de ocasiones…no ha pasado nada, pero es difícil desde una perspectiva occidental, educada en respetar las reglas de seguridad vial, cruzar sin temer por tu vida. Aquí se demuestra,  que la pirámide de necesidades de Maslow se cumple al cien por cien¡Mi vida lo primero! y luego ya escandalizarme por las condiciones en las que viajan los niños pequeños en las motos. Se que será cuestión de días habituarme a cruzar por donde sea, sin tener miedo a ser atropellada a cada momento.

El ruido característico de Ho Chi Mon, es el de los claxon de los coches y los pitos de las motos. Pero no pitan para quejarse por el caos circulatorio, como pasaría en Madrid. No, pitan para avisarte de que se acercan a ti, vayas andando o en otra moto. No hay enfados ni quejas. Todos aceptan, que todo vale, y no hay lugar a enfados o peleas. Bastante significativo es la falta de agentes de tráfico. No son necesarios.  Todo fluye, en un absoluto caos de tranquilidad.

Junto con las motos de Ho Chi Min, está el calor sofocante, que te acompaña todo el día, que hace que mojes la camiseta un par de veces al día y que consigue que mi pelo esté como recién salido de la ducha, en todo momento.
Y la pirámide de nuevo, antes no morir deshidratada, que preocuparme por los pelos que llevo o por si el rimel sigue o no en su sitio…si hubiera fuentes por la ciudad, me tiraría sin dudarlo.

Espero estar aclimatada en un par de días…aunque del pelo nos olvidamos el resto del viaje.Total, de que preocuparse, si me paso todo el día en el trabajo con un gorro y una mascarilla, muy vietnamita por cierto . Aquí es la última moda.Las mujeres van tapadas hasta las cejas: mascarillas a juego con los guantes, faldas tipo delantal, una especie de escafandra que termina de tapar toda la cara y que se colocan debajo del casco, y por último medias con sus sandalias. No por la contaminación y desplazarse en moto,no. Se tapan de esta manera, porque no quieren que el sol deje la mas mínima marca en su piel.Vamos como yo todas las mañanas al entrar en quirofano. Sólo que en quirofano estamos a la sombra,22°C y el 50% de humedad y aquí la temperatura oscila entre los 33-35° y el 80-85% de humedad, al sol. Completamente admirable.
Otra paradoja del mundo asiático: la piel blanca es sinónimo de distinción y clase, mientras que en occidente es sinónimo de pobreza o enfermedad. Para nosotros, la piel bronceada es sinónimo de salud y cierto poder adquisitivo. El que nos permite viajar en invierno o pagar para estar morenos todo el año.

Una carrera de motos continua que me tiene fascinada, donde se refleja la capacidad de adaptación e ingenio de los vietnamitas.
Sin duda, el viejo Saigon. ahora Ho Chi Minh City, es un rinconcito del mundo digno de ser visitado, donde la amabilidad y sonrisa de sus gentes, conviven en medio del caos dentro del orden, de su día a día.

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volar en primera

Sin duda, doce horas de escala son muchas.  Más si son de noche. Aunque todo depende con que se comparen…una noche de trabajo en el hospital o una noche en un aeropuerto, al final de un viaje,sin hablarte con tu compañero de viaje, tras una bronca…sin duda son mucho peores.
Así que, afronto mis doce horas en el aeropuerto de Abu Dhabi con paciencia y sabiendo que va a ser largo. Para mi es el truco, concienciarme de que va a ser largo y aburrido. Así, se me pasa mucho mejor.

Llegue buscando las cabinas ultrasónicas para dormir “Gosleep”, que había visto en la página web del aeropuerto. Eran caras, más que una noche de hotel, pero tenía curiosidad. En el camino, vi que las salas de espera estaban llenas de sillones cómodos y con rinconcitos para poder hacer hasta unos estiramientos.

Después de cenar (con el ticket que no se como conseguí de la compañía aérea) entre indios,  hermanos islamistas, americanos, africanos y europeos encuentro el sitio perfecto para dormir en la terminal 3.
Estaba preparada, mi cojín para el cuello ( top ten, entre los viajeros en todos los vuelos)y la manta del avión, que  había robado con ayuda de la señora urugüaya que se sentaba a mi lado en el avión. Y menos mal, porque si no es por ella y el forro polar de mi equipaje de mano, muero congelada.
Están locos, nunca había estado en un sitio con el aire acondicionado tan alto.
A las 4 de la mañana, habían repartido mantas a toda la gente de las salas de espera, y yo conseguí entrar en calor con un chocolate caliente, y dormir otro ratito.
El wi fi y el tránsito del aeropuerto;a las 3 de la mañana habia más gente que a las 5 de la tarde ¡seguro! hicieron que las doce horas, pasaran en un pis pas.

Enseguida estaba desayunando mi croissant favorito con café, en la cafetería francesa de la terminal 1.
A las siete de la mañana, comienza el embarque de mi vuelo. Mi tarjeta de embarque, sin modificar desde Madrid,con el asiento asignado, hizo saltar una luz roja del scaner y tuvieron que buscarme en el ordenador. Estaba tan cansada, que ni me preocupé. Tacharon mi asiento y marcaron 10G. Ten gi, first class” dijo el señor del mostrador, pero seguí sin hacer mucho caso, ya que pensé que no había oído bien. Pero al entrar al avión, fui directa a primera clase, tal como me indicó la azafata con cara de sorpresa, al ver mi forro polar de decathlon. Sin preguntar, me senté, acepte el zumo de naranja de bienvenida y me preparé para disfrutar de un vuelo único.

Nada más decir, que por una vez me siento prota de una de esas leyendas urbanas, que le pasan a una amiga de una amiga…el buen karma existe.

terminal 1 croissant de almendras con leche en el café amanecer en Abu Dhabi zumo a bordo

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